viernes, 7 de octubre de 2022

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Llueve. Estoy en La Victorica y llueve. Sin embargo, más allá del beneficio para la tierra, ahora es triste ver llover. Antes, no. La lluvia reunía a la familia. En la galería en verano. En la cocina en invierno. Mamá y las chicas cosían. Papá leía el diario. La abuela revolvía alguna olla. Mi hermano le pedía comida. Yo le pedía historias. Porque la abuela era una artista contando historias. Si es que algo aprendí del oficio de narrar fue de ella. No diga disparates, doña Clorinda la interrumpía mi padre. Ella desestimaba el comentario con un levantar de hombros y retomaba el relato. Y adecuaba el ritmo de su decir al de la lluvia y el viento. Los truenos imponían pausas que nos dejaban con la respiración suspendida. Y después qué, abuela preguntaba yo cuando la tensión se hacía insoportable. Y como las tormentas eran propicias para historias de muertos y aparecidos esas noches yo no podía dormir. Y no era raro que mi hermano se pasara a mi cama. Yo protestaba solo para simular una fortaleza que estaba muy lejos de mis temblores. Porque vaya si agradecía su contacto. Abrazada a él solía pasar noches en vela. Sin embargo, yo seguía pidiendo historias. Historias. De eso también me alimentaba.

Inmensa. Más allá de ser alta y robusta, mi abuela era inmensa. La figura de mi madre opacada por el esplendor vital de su progenitora. Extraña conjunción de mujeres: una madre  hija, tres hermanas adultas, una abuela inmensa y... la Mantis.  ¿Era yo una mujer?, ¿los insectos tienen género? No lo tenía muy claro en la infancia. Tanto porque era mentada de varonera como por saberme tan distinta de mis hermanas. Más tarde me descubrí fémina en el dolor que el desamor podía causarme. Pero para eso falta. Volvamos a la abuela. Nada ocurría en nuestra casa que se le hurtara. Mi padre, a veces, intentaba confrontarla. Como pretender voltear un águila con una gomera. El campo era de ella. Viuda muy joven se puso al hombro hijos, vacas, cerdos y caballos. Prosperaron más los animales. A los dos hijos varones les dio parte de sus tierras en vida. Herencia adelantada. Con escaso éxito. Recuerdo las frecuentes incursiones de mis tíos. Siempre pedían algo. Siempre quejándose de su mala fortuna. Como si las inundaciones o las sequías asolaran de manera diferente sobre sus campos que sobre los nuestros linderos. Un hato de inservibles eso es lo que son mis hijos, Mantis, como la mayoría de los hombres decía la abuela fíjate bien con quien te casas, mejor sola que mal acompañada. A su única hija, mi madre, le corresponderían las tierras que habitábamos. Mientras tanto también mi padre parecía incluido en sus apreciaciones de género. Aunque no lo criticaba abiertamente, al menos en mi presencia, yo lo tenía clarísimo: era para mi abuela solo un par de brazos más. Una suerte de empleado.

Me encantaba acompañarla a recorrer los corrales. El ojo del amo engorda el ganado repetía mientras repartía indicaciones entre la peonada. Hay generaciones que solo sirven para generar otra me dijo una vez tu madre me ha regalado a ustedes cinco que son como los cinco dedos de mi mano; tus hermanas producirán hermosos niños y Juani manejará La Victorica siguiendo tus instrucciones porque vos, Mantis, tendrás que estudiar; el mundo comienza a serme ajeno, deberás ser la voz del futuro, la responsable de que estas tierras sigan alimentando a los que transporten nuestra sangre, no te olvides...

 

miércoles, 5 de octubre de 2022

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LA MANTIS

Mis hermanas eran rubias, ojos celestes, facciones suaves, redondeadas. Armónicas. Yo, cuarta mujer consecutiva, nací sietemesina. Nadie pagaba media moneda por tu suerte me contaba la abuela pasaste el primer mes sobre bolsas de agua caliente, tu madre te daba la leche con un gotero porque no tenías fuerzas ni para chupar. Vivíamos en el campo. La partera había aconsejado llevarme al hospital. Si quiere vivir, vivirá fueron las palabras de mi abuela ante la sugerencia de una incubadora. Y, pese a los vaticinios, sobreviví. Crecí morena, alta, extremadamente flaca, brazos y piernas larguísimos. Parece una mantis dijo un día la abuela allá por mis cinco. Y ese fue mi segundo bautismo. Mi familia ya no volvió a llamarme Elisa. Con la escuela llegaron otros: mamboretá, araña, zancudo. Insectos, todos. Artrópodos en realidad ya que la araña no es un insecto, aprendí luego. Yo no era particularmente fea. Pero me faltaba sustancia. Puro cerebro decía la abuela puro cerebro y ojos. Porque yo aprendía pronto y tenía los ojos grandes. Negros, redondos y muy grandes. Ojos de insecto.

No me gustaba comer. En la mesa al menos. Un incordio manejar mis extremidades infinitas. La Mantis vive del aire decía la abuela cualquier día de estos sale volando. No del aire. Mantenía mi magro esqueleto a base de frutos, que recogía en mi perpetuo vagabundeo por el campo. Y de huevos. Las gallinas ya me conocían. Yo les hablaba y ellas me respondían cacareando. Tenía un alambre adaptado a dichos menesteres. Perforaba con cuidado la cáscara. Con el mismo alambre revolvía el contenido y luego lo sorbía. Tibio aún la más de las veces. Dosis diaria de proteínas asegurada. Mi néctar.

Mis hermanas me ignoraban. Genéticamente diseñadas como hembras, sabían coser, sabían bordar, solo les faltaba saber abrir la puerta para ir a jugar. Porque no sabían jugar, jamás las vi jugar. Es cierto que la menor me llevaba cinco años pero yo nunca dejé de jugar Constituían un bloque. Me costaba diferenciarlas. Carecían de algún rasgo que las distinguiera. Las chicas las nombraban. Un absurdo porque habían nacido adultas.

Mi hermano, tres años menor que yo, duplicó mis colores al nacer (luego de tres blondas damiselas la historia gestacional de mi madre atravesaba su etapa negra) pero pronto me superó en peso. Un gordito puro cachetes. Siempre andábamos juntos. Ahí vienen el gordo y el flaco decía la peonada al vernos pasar. Mi género perdido en la diada. Él también usufructuaba frutos y huevos, pero luego devoraba cuanto le servían en la mesa, precozmente diestro con los cubiertos.  Yo trazaba planes y él me seguía. Trepábamos árboles, andábamos en un único caballo a puro pelo, íbamos al pueblo en bicicleta, él sentado sobre el caño. Si le hubiera dicho que se tirara de un precipicio no habría dudado. Pero yo jamás le hubiese hecho daño.



 

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Llueve. Estoy en La Victorica y llueve. Sin embargo, más allá del beneficio para la tierra, ahora es triste ver llover. Antes, no. La lluvia...